El Cannon de los Comics

Autores: Ignacio Vidal-Folch y Ramón de España

© Ediciones Glénat, S.L., 1.996
ISBN 84-88574-82-7

Señalar que aquí sólo se recogen los dos artículos relacionados con 'Spirou y Fantasio' que son los de Franquin y Chaland.


Franquin, o la atracción del desorden

A pesar de que su obra es en términos generales de un carácter risueño y rebosa de energía y entusiasmo juvenil, el de René Franquin es un espíritu sometido a grandes tensiones. Por un lado, durante sus años más productivos le animó una gran confianza en la modernidad y en el progreso. De ello dan fe la vitalidad y dinamismo de sus personajes y su fascinado retrato de objetos, interiores y muebles de estilo "Atomo" (años cincuenta), arquitecturas y automóviles futuristas alegremente celebratorios de su contemporaneidad, que caracterizan los ambientes de las aventuras de Spirou.

Por otro, una fuerte querencia al abandono, a la pereza, a la desgana y a la decadencia, se refleja en algunos de sus protagonistas, en numerosas secuencias de sus álbumes y en algunos de los más entrañables villanos y personajes secundarios que se inventa: Zantafio, el primo criminal de Fantasio, desaparece arrepentido en la selva, al final de "Espirú y los herederos"; el genio del mal Zorglub reconoce su fragilidad e íntima soledad, en "La sombra de Z"; o es humillado por el encargado de una gasolinera en "El retorno de Z"; el escultor que forja la máscara de Fantasio en "La mala cabeza" es un infeliz artista sin suerte; el "ladrón del marsupilami" es un pobre gitano; el anciano que acoge a Espirú y Fantasio en la ciudad de los ricos es un viudo triste con la casa llena de gatos.

Esa contradicción entre, por un lado, el ánimo solar y optimista que requería su trabajo como dibujante para una revista dirigida a lectores niños y jóvenes y, por otro, la íntima melancolía de un espíritu atraído por los marginados y Solitarios, por los ambientes de dejadez y ruina, se resuelve, en los años finales de la vida de Franquin, cuando ya puede publicar lo que le venga en gana sin atender a factores de comercialidad, en las "Ideas negras".

Se trata de miniaturas de una página, de chistes gráficamente concebidos como negativos de fotografías, a base de manchas compactas de tinta negra, que ponen en escena bromas goyescas de risa de calavera, admoniciones de apocalipsis, recriminaciones contra el progreso técnico y en general contra la inconsciencia de la humanidad, y que parecen el fruto de un permanente estado de depresión. Eso es lo malo de las libertades que nos tomamos: que las tomamos también para nuestros demonios. Y así, en uno de sus últimos autorretratos, Franquin nos mira de reojo con expresión triste y amargada, removiendo en una humeante perola las "ideas negras" que le asaltaban como súcubos.

La revista en que publicaba, "Spirou", fue siempre la alternativa a Tintin, como los Beatles a los Rolling Stones. Desde las páginas de sus respectivas revistas, Hergé y Franquin postulaban no sólo conceptos del comic y del estilo gráfico más funcional y operativo (en Spirou es menos claro, menos preciso, menos elaborado, y un poco más libre e intuitivo, permitiéndose el uso del pincel y de las sombras), sino también, subliminalmente, el concepto de la vida según la pensaban sus autores: la vida era para Hergé una tarea heroica, pero al alcance de cualquier boy scout voluntarioso, y donde los esfuerzos son recompensados con un bienestar burgués; para Franquin, la vida es una cosa azarosa y a ratos cómica que a veces da pereza.


Tintin ha obtenido una difusión y una fama mayores, pero Spirou no le ha ido mucho a la zaga. No hace ninguna falta elegir entre uno y otro, pero recordemos que Hergé, que tenía un carácter tan modesto y retraído como el de Franquin (y éste lo era mucho) dedicó a su más directo competidor en el aprecio de los lectores el siguiente elogio: "Cuando veo un dibujo de Franquin me pregunto: ?cómo pueden compararnos? El es un gran artista y a su lado yo no soy más que un dibujante lamentable."

Franquin nació en 1924 (en Etterbeek, Bruselas), estudió Bellas Artes y a los veinte años se puso a trabajar en unos estudios cinematográficos como ilustrador de dibujos animados. Allí se codeaba con otros dibujantes que luego desarrollarían series hoy muy populares, como Peyo (autor de los "Pitufos") y Morris (creador de "Lucky Luke"). Cuando la empresa para la que trabajaban cayó en bancarrota, Morris llevó a Franquin a la revista Spirou, que volvía a publicarse tras ser prohibida por los invasores alemanes, y en cuya redacción trabó conocimiento con el dibujante Joseph Gillain, alias Jijé. Un encuentro decisivo.

Jijé era un dios benigno para todos los jóvenes dibujantes belgas y por entonces, como dibujante estrella del editor Dupuis, era el encargado de dibujar las aventuras del botones que daba nombre a la revista. Pero el autor de "Jerry Spring" tenía prisa por sacarse de encima a "Spirou" para consagrarse a dos tareas que le parecían más prometedoras: por un lado, llevar al lenguaje de la historieta los santos Evangelios, proyecto laborioso dirigido a un público mucho más amplio que el de los lectores de comics, pero sus Evangelios, como reconocería luego con desaliento, "no han gustado ni a los curas"; su segundo proyecto consistía en viajar por los Estados Unidos, la tierra de las grandes oportunidades, la patria de los comics, e instalarse a vivir en Nueva York. El paternal Jijé enseñó las bases del oficio a Franquin y en cuanto lo vio un poco maduro para la tarea hizo las maletas para Estados Unidos y le encargó que prosiguiera con Spirou. Era el año 1947.








Por cierto que una vez en el Nuevo Mundo, Jijé invitaría a reunirse con él a Franquin y otros dibujantes de la casa, que durante un par de años siguieron dibujando para Spirou desde Nueva York. Tanto en estilo realista como en el cómico, Jijé fue un excelente dibujante que parecía oler el éxito en cuanto se le presentaba... y escurrirle el bulto: igual que dejó Spirou en beneficio de Franquin para consagrarse a historietas beatas, años más tarde rechazaría sin contemplaciones el "Teniente Blueberry" que le proponía Jean Michel-Charlier, para pasárselo a su discípulo del momento, el aventajado y luego justamente famoso Jean Giraud alias "Moebius".

Las primeras historietas del personaje Spirou, que había sido creado por un tal Rob-Vel, luego dibujado por Jijé y más tarde pasado a manos de Franquin, eran las clásicas correrías y trompadas sin mayor hilación ni solidez argumental, y estaban dirigidas a un público exclusivamente infantil. Pero, para que las revistas del editor Dupuis pudieran competir con "Tintin", Franquin tenía la intención de desarrollar su estilo gráfico alejándolo de las convenciones gráficas de la historieta humorística infantil y de la influencia de Walt Disney para ir hacia el realismo, o hacia una convención gráfica a medio camino de la historieta cómica y del dibujo realista, como ya había hecho a su manera Hergé.

Así lo hicieron Franquin, Tillieux, Morris y Peyo en sus primeros tiempos, creando un estilo característico, conocido como "Escuela de Marcinelle" (por el nombre de la localidad donde tenía su sede Dupuis) y conformando la gran época de la revista Spirou, que se prolongaría hasta la crisis de 1968. Franquin fue el indiscutible jefe de filas de esta escuela, el punto de referencia para sus colegas. Sus páginas desbordan de un esteticismo desmadejado, espontáneo, nada laborioso, y sus personajes están dotados de una elástica elegancia que ha sido muy imitada pero nunca igualada.

En un contexto de aventuras más o menos realistas, "humanizar" y hacer verosímil a un personaje vestido de botones de hotel, siempre con uniforme rojo y gorra, y que además no se separa nunca de un animalito de compañía insignificante y perfectamente inútil (la resabiada ardilla "Spip") era tarea más complicada aún que mover por el mundo a un chico con pantalones bombachos y acompañado de un perro de aguas, pero Franquin salió airoso del empeño rodeando a Spirou de un par de personajes con carácter. Los fundamentales serían Fantasio, periodista (de hecho, empleado en la misma redacción de Spirou) alocado e irritable, y el conde Pactme Hégésippe Adélard Ladislas de Champignac, anciano y tronado inventor y micólogo retirado a su castillo sobre el pueblo de Champignac, en el que se dedica a invenciones y experimentos casi siempre relacionados con extractos y esencias de setas y hongos.

Manteniendo el paralelismo apuntado con las aventuras de Tintin, Fantasio cumple en las historietas de Spirou las mismas funciones que el capitán Haddock en las de Tintin: es el fiel amigo del protagonista, no tan bondadoso e impoluto pero más humano, con más carácter; y el Conde, las de Silvestre Tornasol: el sabio despistado, proveedor de prodigios e inventos.

En la primera historia larga de Franquin ("Espirú y los herederos", del año 1952) los protagonistas apresan, en las selvas del país suramericano de Palombia, al animal más extraordinario de la historia de los comics: el Marsupilami, un curioso mono de piel moteada, larguísima cola y extraños atributos, entre ellos el del habla, que irá desarrollando a lo largo de los sucesivos álbumes. El marsupilami se mudó a casa de Espirú y Fantasio y paulatinamente fue ocupando el lugar central de sus aventuras (a partir de 1987 tiene su saga propia), junto con toda clase de ingenios e invenciones, la mayoría salidos del caletre del conde de Champignac: el "Fantacóptero", un corsé-helicóptero inventado por Fantasio; el gas de champiñones capaz de dormir a una ciudad entera para que la puedan desvalijar "Los piratas del silencio"; los minisubmarinos de diseño que explorarán "El refugio de la morena"; la pistola robotizante y los ingenios de Zorglub; los rayos paralizantes y el ingenio antigravitatorio de "El prisionero de los siete budas"; la goma-máscara de "La gran cabeza", etcétera.

Alternando con estos prodigios técnicos, Franquin se recrea en los ambientes desolados y caóticos: la morada de Fantasio en París, un piso de soltero completamente desordenado, y el castillo de Champignac, todo cuadros descolocados, alfombras raídas, camas deshechas, desconches, humedad y hongos en los rincones y en los sótanos, que se alza sobre el pueblo de Champignac, gobernado por un alcalde de grandilocuente retórica y su alcohólico secretario. A menudo sorprendemos al conde de Champignac, anciano que vive al margen del mundo, vestido con una bata raída, calzado con zapatillas, con barba de varios días; con este atavío también es capaz, cuando es preciso, de entregarse en el laboratorio de su castillo a orgias creativas que duran días enteros con sus noches, potenciadas por la ingesta de sospechosos extractos de champiñones y al final de las cuales cae en una especie de desmayo extático.

Este desorden material y mental un poco polvoriento, pero confortable, luminoso y colorista (a fin, de cuentas se trata de una historieta para todos los públicos) parecía compadecerse bien con el propio espíritu de Franquin, pues cuando tiene la oportunidad de crear un personaje propio (en 1957, después de un lapso al frente de la serie "Modeste et Pompon") se inventa al personaje más soñador, holgazán e inútil de la historia de los comics, "Gaston Lagaffe", uno de sus mayores éxitos y la encarnación del cada vez más evidente desdén de Franquin por el orden y las jerarquías sociales, el trabajo, la competitividad y la lucha por el éxito. Gaston sería la pesadilla más atroz de un "yuppie".

Si Spirou, personaje que había heredado y al que había convertido en uno de los más importantes de la historia de los tebeos, era un botones de la editorial Dupuis, Franquin dotaría a su creación propia, Gaston, chico de los recados de la misma editorial, con todos los rasgos opuestos al animoso botones del uniforme rojo. Spirou es activo y ágil, un clásico héroe positivo y lleno de buenos sentimientos, gráficamente casi una abstracción; el antihéroe Gaston es lamentablemente concreto, desde el ratonil pelo erizado hasta las zapatillas de esparto, irremediablemente torpe y gandul, desencadenador de catástrofes, siempre sumido en dulces ensueños cuando no directamente en profundo sueño, saboteador involuntario de todos los esfuerzos de la redacción (especialmente de Fantasio, que también aparece como personaje secundario en esta serie) y del Cliente, el adinerado, sanguíneo e irritable De Mesmaeker. Los numerosos álbumes de Gaston, como los de Spirou, han gozado y gozan aún de un éxito fenomenal.

En 1968 se produjeron movimientos sísmicos en la redacción de la revista Spirou. Varios de sus mejores autores emigraron hacia otras publicaciones, y Franquin cedió "Espirú y Fantasio" a sustitutos de menor talento que los harían languidecer (salvo durante la efímera transfusión de vitalidad que les proporcionaría Yves Chaland), para dedicarse a diversas creaciones de corte más personal.

Entre estas creaciones destacan un suplemento de la revista para lectores adultos ("Le trombone Ilustré") supuestamente más acorde con el espíritu de los tiempos, además de una serie de dibujos de "Monstruos" y las ya mencionadas "Ideas negras", que, cuando el "Trombone" enmudeció, se trasladarían a la revista francesa "Fluide glacial", dedicada al humor iconoclasta.

Sin embargo, estas y otras iniciativas no resultan tan seductoras como las aventuras de Espirú y Fantasio, a las que Franquin había dedicado veinte años de su vida. Lo mejor del legado de Franquin está compuesto por los álbumes "Espirú y los herederos", o la competición entre Fantasio y su malvado primo Zantafio por la herencia de un tío supuestamente millonario; "Espirú y los gorilas`, "El turista del mesozoico", donde el conde de Champiñac incuba un huevo de dinosaurio que al poco de nacer convierte la comarca en zona catastrófica; "Los piratas del silencio", con el saqueo de Incógnito city, "la ciudad donde las celebridades, las estrellas de cine, los millonarios van a resguardarse de los periodistas"; "El refugio de la morena"; "El prisionero de los siete budas", "La mala cabeza", intriga de máscaras y apoteosis de los ambientes crepusculares en la ciudad, de las casas abandonadas en el campo, de las persecuciones angustiosas; "La sombra de Z" y en menor medida "El cuerno del rinoceronte", "El misterio de champiñac" y "Han robado el Marsupilami".

Todas estas aventuras, salpicadas de un humor sutilmente irreverente, de personajes secundarios y figurantes retratados con un agudo y risueño sentido de la observación, y excelentemente dibujadas, han influido poderosamente en las siguientes generaciones de dibujantes y componen una de las series más dulcemente perfectas de la historieta europea.

Yves Chaland, el genio malogrado

El más talentoso y prometedor autor de historietas de la década de los ochenta fue Yves Chaland, autor de una breve y espléndida obra, dotado de excepcionales talentos como dibujante y narrador, que prometía, para cuando alcanzase la madurez, convertirse en uno de los más grandes autores de historietas de todos los tiempos. Nació en Lyon en 1957 y, cuando murió en 1990, había asimilado como nadie la herencia de los maestros de la "Línea clara", se había convertido en el único continuador (esporádico) de la serie "Spirou" capaz de dovolverle al personaje la poesía que le había insuflado Franquin, había creado un par de personajes propios muy prometedores, le llovían los contratos para ilustraciones publicitarias y estaba, sencillamente, en disposición de hacer lo que quisiese en el campo de los tebeos.

En los cuatro álbumes de su personaje "Freddy Lombard" fusiona los estilos de Hergé, Franquin y Tillieux, los refresca con un humor menos inocente que el de los maestros, menos subrayado, más subliminal y sutil, y crea a un personaje clásico, de carácter aventurero y lleno de determinación, al que enreda en aventuras clásicas ("El testamento de godofredo de Bouillon", "El cementerio de los elefantes") con escenarios también clásicos.

Pero el tiempo no ha pasado en vano y Chaland contempla a sus criaturas con una pizca de ironía y con la inevitable nostalgia de quien sabe que es imposible edificar un simulacro perfecto del espíritu y la obra de los maestros, porque la virginidad con que éstos trabajaron se ha perdido y en pocas décadas el mundo ha envejecido mucho y se ha hecho mucho más evidente y más feo.

No cabe duda de que la vigorosa imaginación de Chaland le permitía convertir ese handicap en ventajas a su favor, renovar los códigos del género de aventuras agregándole nuevas capas de significado y lirismo al relato y sumar matices y espesura a las emociones, el comportamiento y la gestualidad de los personajes. Eso se adivina en la relectura de "Freddy Lombard" (sobre todo el tercer álbum, "El cometa de Cartago"), y se palpa en las breves historietas de "Le jeune Albert" en las que rememora anécdotas de su infancia, entre la evocación sentimental y el cinismo cruel. Lejos de los niños almibarados o endemoniadamente traviesos que pueblan las historietas infantiles convencionales, libre de todo paternalismo o autocomplacencia, "Albert" es un ser humano inmaduro pero absolutamente real.

Un desgraciado accidente de carretera impidió a Chaland hacer fructificar sus tempranos hallazgos e imponer su inteligente revisión de los clásicos a una generación de historietistas que los mimetizaba sin gracia, sin entenderlos, ni asimilarlos, ni mucho menos superarlos.